Ataúd de flores moraddas

Son increíbles las historias que surgen en esta ciudad y mejor aún, las que suceden ante cualquier imprevisto.

 

Son las 7:30 de la noche y aguardo la llegada de mis ayudantes sobre la avenida Amsterdam, cerca de la glorieta Citaltépetl, en la colonia Condesa. En esta época del año, a estas horas, ya ha caído la noche y sopla una brisa fresca que me devuelve el aroma de la fuente frente a mí y al mismo tiempo el de las hojas de los árboles.

 

Las luces de la destartalada camioneta que miré por la mañana, se asoman a la distancia como ojos de gato pardo. Si no fuera por los golpes que la remiendan por todos lados, se podría decir que es color azul marino. La camioneta se detiene frente a mí y dos hombres robustos, tostados por el sol de los canales de Xochimilco, descienden de ella y me llaman patrón.

 

Por enfrente del cacharro, se asoma el copete fino de una jacaranda, el árbol medirá, dos metros y medio de largo; su tronco joven luce encorvado, seguramente por la velocidad del viento al pegarle durante el viaje.

 

Cuando se abre la tapa trasera de la camioneta, aparece la tina blanca que, en mejores tiempos, fue una lavadora y después ha sido por más de seis años la vieja maceta de la jacaranda.

 

La conversación es rápida, hacemos una cepa en quince minutos, sacamos a Julia -ya había bautizado a la jacaranda con ese nombre, antes de que volviera a nacer- de su encierro y la plantamos antes de que los vecinos lo noten.

 

No podía estar más equivocado…

 

En tan sólo diez minutos terminamos la cepa, pero Julia se niega a salir de su cuna, supongo que tantos años de cobijo han hecho que se agarre con las veinte uñas, o eso diría mi abuela.

 

Ah, pero eso no nos detiene, pronto salen de la misma camioneta cincel y martillo. Yo espero lo peor con ese método y no me equivoco, los primeros golpes demuestran dos cosas; una que estos hombres no tiene idea del ruido que hacen con esos martillazos y dos, que Julia no saldrá sin dar la pelea. No han pasado ni diez minutos cuando la primera patrulla aparece con el oficial Rodríguez al mando. Con voz chillona y un bigote al más puro estilo del patrullero 777, el oficial me pregunta lo que estamos haciendo ¡Ha recibido un reporte de que alguien está enterrando a un muerto en la jardinera! Le explico que estoy haciendo un bien a la comunidad sembrando un árbol. El oficial, saca valientemente su reglamento de tránsito, nos dice que eso está prohibido. (Como si eso estuviera escrito ahí). Claramente quiere arreglar el asunto al más puro estilo Porfiriano, con algún cañonazo de varios billetes de a quinientos. Entonces me sale lo García y me le voy de frente diciéndole que me quiere ver la cara, que lo prohibido es cortarlos, no sembrarlos, que llamé por la mañana a la sagrada delegación y hasta me agradecieron el gesto (de verdad lo había hecho).

 

A pesar de lo curtido del oficial en los menesteres de la negociada, se le bajan las ínfulas y acaba llamando a su superior y pidiendo para el chesco.  Me siento envalentonado, así que me niego a darle dinero y le digo que eso disminuiría mi buena acción.  

 

 

 

Desde el primer piso del edificio de enfrente, a través de la rendija de la cortina, se ve la cabeza canosa y con anteojos que me indica quien ha sido responsable de haber llamado a la patrulla. El oficial se acerca a la puerta y nuestra delatora aparece con una ametralladora, pero, no consigue nada, por ahora.

 

El martilleo sigue, Julia no quiere ceder, las luces del vecindario se encienden iluminando la calle a través de las ventanas, como procesión a la Villa en 12 de diciembre.

 

Llevamos más de una hora y el sudor de estos hombres muestran que Julia lleva ganada la partida. Una segunda patrulla y una tercera llegan demostrando que no íbamos a ganarle tan fácilmente a la octagenaria. La historia de las patrullas se repite, aunque ahora si estuve a punto de ser detenido y ser trasladado a la Delegación pero al final, los agentes se arremolinan a mi idea de sacar a Julia de su encierro.

 

Los xochimilcas no se rinden, pero la camisa marca Mabe, no cede. Ha llegado el momento de intentar algo nuevo, así que sumergimos a Julia en la fuente para lograr su renacimiento y porque el agua encuentra caminos; media hora más tarde, el árbol abandona su caparazón para ser depositado en el parque donde hoy aún sigue creciendo.

 

Nada fue como lo esperaba, pero todo salió como lo deseaba; ahora habita una jacaranda de flores moradas en la glorieta Citlatépetl.

 

Texto de Armando García

TEXTO

Armando García

Ofelia Murrieta (Fotografia)

Ataúd de flores moradas

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