Bracito de jacaranda 

Bracito de Jacaranda

           

  Mi respiración se detiene ante la certeza de que el próximo año no las veré florecer como tantas veces, desde nuestra llegada a la Ciudad de México. Ahora, el nítido ventanal del noveno piso, me permite admirar exuberantes jacarandas de ramilletes amatistas sosteniendo al Ángel de la Independencia.

A mi padre siempre le ha gustado la jardinería. Un día nos llamó a mi hermana y a mí; tenía entre sus manos una pequeña maceta con una ramita compuesta de pequeñas hojas verdes. Nos confió: si la cuidan, una primavera la verán florecer. Durante incontables noches, mi madre nos narró historias de fantásticos árboles, aunque nos invitaba a adivinar qué árbol nos trajo papá, nunca nos reveló el nombre del árbol que habíamos plantado.

Mi hermana y yo cuidábamos de la ramita, hasta que ella se aburrió y terminé atendiéndola; a veces con mi papá, a veces yo sola. Una primavera, al levantarnos, ¡ahí estaba triunfante! Esa ramita había crecido, ahora tenía una alegre flor azul violácea. ¡Sí, por fin confirmé mi sospecha, era una jacaranda! Hasta el día de hoy, ese había sido el día más feliz y triste de mi vida. Al regresar de la escuela, mi padre anunció que tendríamos que mudarnos. Las ventajas de vivir en la ciudad tanto para él como para nosotras su familia, anticipó, serían mejores.

No fue fácil adaptarnos a vivir en un departamento a pesar de su amplitud. Los pájaros no cantaban con la misma alegría, ni los grillos llegaban al anochecer. Los primeros días lloré desconsolada hasta quedarme dormida, extrañaba más que nada a mi árbol. Los días dieron paso a las semanas y poco a poco me acostumbré a todo.

El siguiente año, antes del inicio de la primavera, mi padre nos invitó a su oficina. Cuando entramos estaba un poco oscura, pues gruesas telas marrón cubrían las ventanas. Nos pidió nos sentáramos en un sillón dispuesto frente a las cortinas. ¿Listas?, preguntó. En ese momento deslizó las telas, mis ojos se iluminaron al ver la misma imagen que ahora tengo enfrente: una explosión de morado por doquier, acentuando el brillo dorado de una magnífica figura alada.

Desde ese día, cada año se ha convertido en una celebración acudir al despacho de mi padre a recibir la primera floración de los majestuosos árboles.

Ahora vine a despedirme de mi hermoso bosque morado, parto a Finlandia, en donde me espera mi primer empleo. Veo de reojo que mi padre toma una caja alargada y la esconde en su saco. Imagino será un reloj como el que le dio a mi hermana, para que siempre llegara a tiempo, le bromeó mi padre. Llegamos al aeropuerto, me abraza, me da la caja. Mi corazón se quiebra en miles cuando veo un dije de plata con amatistas, mientras mi padre exclama: “este bracito de jacaranda te recordará que siempre esperaremos tu regreso”.

 

Ana Lilia Rangel Gallardo

Abril de 2020

TEXTO

Ana Lilia Rangel Gallardo

Ofelia Murrieta y Alin Jouhayerk (Fotografía)

Bracito de jacaranda

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